LA
VILLANA DE VALLECAS
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SEGUNDO ACTO
Salen Don GABRIEL y CORNEJO
GABRIEL: No creí jamás, Cornejo, que tan venturoso fuera. CORNEJO: ¡Oh maleta hermosa, esfera de mi remedio! GABRIEL: Ya dejo pretensiones de soldado, pues en diez años que he sido en Flandes, ya entretenido, ya alférez determinado, ya señor de una jineta, no adquirí lo que en una hora la Fortuna enredadora me ha dado en una maleta. CORNEJO: ¡Lindo trueco! GABRIEL: ¡Hermosas barras! CORNEJO: No me harto de darles besos. GABRIEL: Tres hay de oro de a mil pesos, y, entre otras joyas bizarras, una banda de diamantes, y de perlas siete vueltas, con otras muchas que, sueltas, entre esmeraldas brillantes, guarda un cofre de carey. CORNEJO: Así a la tortuga llaman las Indias que oro derraman. GABRIEL: Hay un cintillo, que el rey no sé si mejor le tiene, fuera de los cabestrillos, las arracadas y anillos, donde tanta piedra viene, que podremos empedrar toda esta calle con ellas. CORNEJO: Pisará Madrid estrellas. GABRIEL: Hay una piedra bezar, entre otras tres, guarnecida de oro, mayor que un huevo. CORNEJO: Con tales yemas, me atrevo a no comer en vida sino huevos, sin la bula. GABRIEL: Dejo otros melindres mil de nácar, carey, marfil, con que el interés adula la codicia de las damas. En fin, la maleta está hecha una colmena. CORNEJO: Y da panales del oro que amas. Mas ya que lo cuentas todo, ¿Por qué olvidas las libranzas? GABRIEL: Porque estriban en cobranzas, y es peligroso su modo; que ni en Sevilla ni aquí descubrir me atreveré a quien vienen. CORNEJO: ¡Bueno, a fe! ¿No abriste las cartas? GABRIEL: Sí; que, viniendo con cubierta, cuando de ellas me aproveche, como otras nuevas les eche, no habrá quien en ello advierta. CORNEJO: Y su dueño descuidado, ¿no es don Pedro de Mendoza? GABRIEL: De ese ilustre nombre goza, según ellas me han mostrado. CORNEJO: ¿Tú y todo no te confirmas con el mismo nombre? GABRIEL: En él trueco el de don Gabriel. CORNEJO: Pues si te abonan sus firmas, y esotro no es conocido, ni de Méjico salió otra vez, donde nació, conforme lo que has leído, ¿no puedo yo en nombre suyo partir y cobrallo todo con las cédulas? GABRIEL: No es modo, Cornejo, discreto el tuyo. ¿Tan descuidado ha de ser el otro, ya que ha perdido lo que consigo ha traído, que al instante no ha de hacer en Sevilla diligencias, y aquí, para que le entreguen la plata, por más que aleguen cartas, ni correspondencias? ¿No ha de tener en Sevilla quien le conozca de allá? CORNEJO: En Sevilla sí tendrá; pero dúdolo en Castilla. Y, supuesto que consigo ha de tener tus papeles, sin que en eso te desveles, sirviendo yo de testigo, puedes hacerle prender por la muerte que en Amberes diste al tudesco; y, si quieres el serafín suyo ver, con quien a casarse vino, y te pareciere tal, no viene el enredo mal. 0 si no, ponte en camino, y vámonos a Granada, patria nuestra--que es mejor-- pues con tanto oro, señor, no tendrás que envidiar nada a don Antonio de Herrera, tu hermano, puesto que goza tal mayorazgo y tal moza. GABRIEL: Bien allá pasar pudiera; que, en fin, con mis alimentos, y con cinco mil ducados que llevo aquí, mis cuidados dieran fin a pensamientos; pero a doña Serafina he visto, Cornejo, ya y en ella cifrada está la hermosura peregrina del mundo. CORNEJO: Pues, ¿qué tenemos? GABRIEL: No sé. ¡Bravo tentador es el oro, del Amor! CORNEJO: Haz algo con que lloremos. GABRIEL: Estas barras y diamantes, joyas, libranzas, papeles, a pensamientos crueles me inclinan, CORNEJO: No son Violantes todos, señor, ni es Valencia la taimería de Madrid. Tiemplan allá a lo del Cid; o pero acá lee la experiencia cátedra de socarrones, y nacen en la niñez jugando en el ajedrez de enredos y de invenciones las damas de más estima. Como has estado en Amberes, no sabes que las mujeres tienen su juego de esgrima en la corte, en cuyo estilo la que menos sabe, alcanza diez tretas más que Carranza. Hieren por el mismo filo, juegan con espadas negras; y, a dos idas y venidas, si señalan las heridas y con el juego te alegras, aunque seas un peñasco, la tía, de armas maestra, ha de cobrar, como diestra, primero que toques casco. Y, apenas dos tretas juega, cuando, entrando en su socorro --como hay tantas en el corro al instante que otro llega-- sale el amante al encuentro, que se arrima a la pared y dice, "Vuesa merced asiente, y entre otro dentro." GABRIEL: Que no debe de ser tanto como se dice. CORNEJO: ¿No es juego de esgrima una calle? y luego ¿no es espada negra un manto que se remata en medio ojo? ¿zapatilla de esta espada la maestra examinada? ¿Armella de este cerrojo no es la tía, que, al instante que ve que la mano llegas, y la primer treta juegas, en medio mete el montante con un "vaya en hora mala?" ¿No pagas monjil y tocas, y, apenas el casco tocas, cuando en entrando en la sala don Filotimio o don Porro, asientas, y ella te arrima? No hay dama en Madrid, ni esgrima, que esté sin gente en el corro. GABRIEL: Eso será con mujeres comunes; que Serafina es principal. CORNEJO: ¡Peregrina solución! De cuantas vieres tendrás aquesta noticia. En la corte viven todos de industria, y hasta los codos cubren aquí su malicia. Písalos, si contradices esta común opinión, y te dirá lo que son la ofensa de tus narices. GABRIEL: Aquí vive nuestra dama. ¡Por Dios, que tengo de vella! CORNEJO: ¿Más que ha de tener por ella mal urdiembre aquesta trama? Porque el otro, claro está que ha de venir a buscarla; y, si en su casa nos halla, seguramente podrá deshacer nuestra ventura y el trueco de las maletas. GABRIEL: ¿No dices que toda es tretas Madrid? Pues calla y procura seguirme; que no me espanto de estratagemas de amor. CORNEJO: Con las de Flandes mejor te avinieras. Dama y manto he visto, y coche a la puerta, y un galán que la acompaña. GABRIEL: Aquí empieza mi maraña. Ésta es mi dama. CORNEJO: Y no es tuerta. Salen Doña SERAFINA, con manto; Don JUAN, suhermano; Don GÓMEZ, su padre; y POLONIA:, criada
GÓMEZ: No debe de venir en esa flota don Pedro de Mendoza, pues no escribe, cuando en Sevilla tantos alborota. JUAN: Podrá ser que, si postas apercibe, venga a ser carta viva, y ganar quiera albricias de que ya en España vive. SERAFINA: ¡Ay, hermano! ¡Qué alegre se las diera quien en deseos con su amor dilata penas de un alma que su vista espera! GÓMEZ: Primero que en registros de la plata negocie con papeles y averías con la Contratación que en eso trata, es fuerza consumir algunos días obligando ministros y oficiales, confusos entre tantas mercancías. JUAN: Andan con pies de plomo aquesos tales, . . . . . . . . . . . . .(falta esta linea) que reales tiran sus oficios reales. SERAFINA: ¡Que hubo de darme el cielo casamiento ¡Que es, por agua pasado, tan aguado, cuando amoroso fuego es su elemento! GÓMEZ: Dios te traiga con bien; que, si ha llegado darás por bien empleada su tardanza. ¿Adónde vas ahora? SERAFINA: Voy al Prado, por buscar en sus flores mi esperanza, y saber de sus fuentes si ha venido; que, por salir del mar de su mudanza, me dirán si en Sanlúcar ha surgido. Hola, acerca ese coche. GABRIEL y CORNEJO hablan aparte
GABRIEL: A hablarla llego. CORNEJO: Entra con pie derecho. GABRIEL: Voy perdido. Llégase a ellos
Que me digáis adónde vive os ruego, caballeros, don Gómez de Peralta. GÓMEZ: Yo soy el que buscáis. GABRIEL: Acertó el pliego. El corazón, que de contento salta, adivinaba el bien que en veros goza. Ya Méjico en Madrid no me hace falta. Abrazad a don Pedro de Mendoza. GÓMEZ: ¡Válgame Dios! ¡Qué encuentro tan dichoso! Volved a la cochera la carroza. Querido hijo, triste y cuidadoso, por no saber de vos, me habéis tenido. Serafina, ¿no abrazas a tu esposo? SERAFINA: Seáis, señor, mil veces bien venido; que otras tantas os hemos deseado. JUAN: Parte de esos deseos me han cabido. Si no es indigno el nombre de cuñado de vuestros brazos, dádmelos agora. GABRIEL: ¿Sois vos don Juan? JUAN: Seré vuestro criado GABRIEL: No ha mentido la fama voladora, que en Indias vuestro talle encareciendo sus damas mejicanas enamora. JUAN: No seáis indiano en eso; que no entiendo que para que yo os sirva es necesaria la merced que me estáis, don Pedro, haciendo. GÓMEZ: ¿Buena navegación? GABRIEL: Algo contraria, ya con calmas pesadas, ya con brisas, ya con una tormenta extraordinaria. GÓMEZ: ¿No escribiérades luego? JUAN: Son precisas las diligencias del que toma tierra. GABRIEL: Prometí una novena con cien misas a la Virgen de Regla, que en la sierra de Sanlúcar ha sido nuestro norte, y apaciguó del mar la mortal guerra; partí luego del Betis a esta corte, y, por no dividir el gusto en plazos, la carta quise ser, cobrando el porte por junto en parabienes y en abrazos. GÓMEZ: ¿Cuándo llegastes? GABRIEL: Cuando anochecía. GÓMEZ: ¿Salistes de Toledo? CORNEJO: Hechos pedazos, ayer salimos a las diez del día. GÓMEZ: Traigan a casa el hato. GABRIEL: Una maleta viene ahora no más con ropa mía. CORNEJO: Y más cartas que lleva la estafeta. GABRIEL: Los baúles vendrán con el arriero. GÓMEZ: ¿Cómo queda don Diego? GABRIEL: Aunque le aprieta algo la gota, y en la edad de acero según vive de sano y colorado, más luce en él el mayo que el enero. GÓMEZ: A divertirse Serafina al Prado salía, de esperaros impaciente; pero, pues a tal tiempo habéis llegado, volvámonos a entrar. GABRIEL: No es bien que intente impedir vuestro gusto. A acompañaros iré. SERAFINA: ¡Y fuera muy bueno que, si ausente salía melancólica a buscaros en mi imaginación, cuando os poseo, deje por gustos tibios de gozaros! Entrad, señor. GABRIEL: Que sois serafín creo, como en belleza, en discreción. CORNEJO: (¿Qué encanto Aparte de Belianís es éste en que me veo?)' Yéndose
SERAFINA: Hola! ¿No hay quien me quite aqueste manto? CORNEJO: ¡Hola! ¿No hay quien la quite aquel manteo? Vanse, y quedan DON JUAN, y POLONIA
JUAN: Polonia, quédate aquí. POLONIA: ¿Hay en qué pueda servirte? JUAN: Mucho tengo que decirte y en que fiarme de ti. POLONIA: Agradecida te espera la lealtad que echas de ver. JUAN: ¿Reparaste acaso ayer en aquella panadera que proveyó nuestra casa? POLONIA: Y en la blancura del pan, que de leche nos le dan las manos con que le amasa. Comprélo para la gente; que, en la mesa principal, de atahoma y candeal se gasta ordinariamente; pero, viendo en él las flores que su dueño le prestaba, me pareció, si no honraba la mesa de los señores con su blancura, que hacía un delito criminal; y en fin, su sazón fue tal, que hasta el viejo se comía las manos tras ello, y tú los manjares olvidabas, y en él te saboreabas como si fuera alajú. JUAN: ¿Que hasta en eso reparaste? POLONIA: ¿No había de reparar, si advertí que en el lugar ni una migaja dejaste, sea apetito o aseo? Si así el avariento fuera, nunca Lázaro tuviera de sus migajas deseo; que todas te las comiste. JUAN: Aunque el cuerpo sustentaban, al alma se trasladaban. Mas, supuesto que la viste, di, ¿hay sayal más venturoso? Pues de tan bello cristal es funda aquel sayal. ¿Puede el tabí más precioso compararse con su frisa? POLONIA: ¡Bueno estás! JUAN: Ni la mañana, cuando entre labios de grana el sol la provoca a risa, ¿admite comparación con aquellos dos corales, que de perlas orientales guarda-joyas ricos son? ¿Espira aliento el azar que al suyo haga competencia? ¿Alcanzó jamás la ciencia del pincel más singular la mezcla de aquel carmín, que con la nieve se enlaza, y en las mejillas abraza el clavel con el jazmín? ¿Es tan hermosa en el cielo la cuna donde el sol nace, como la que el Amor hace para sí en aquel hoyuelo que la nariz de los labios divide, y por quien trocara su sepulcro el ave rara muerta entre olores arabios? ¿Divide las dos Castillas Guadarrama majestuosa, como la nariz hermosa, poniendo en paz las mejillas? Ni ¿hay soles que comparar a las niñas de los ojos, que salen quitando enojos, vestidas de verdemar, y, porque de sus marañas libre amor los corazones, son, si sus ojos balcones,