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Personajes:
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Don VICENTE
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Don GABRIEL
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Don PEDRO
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Don GÓMEZ
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Don LUIS
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Doña
SERAFINA ·
Doña
VIOLANTE ·
POLONIA,criada
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CORNEJO,
criado ·
AGUADO,
criado ·
LUZÓN,
criado ·
BLAS Serrano,
viejo. ·
Un ALGUACIL
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MATEO,
mozo de mulas. ·
VALDIVIESO
·
HUÉSPED
· CRIADO |
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Salen Don VICENTE y LUZÓN
VICENTE: Llama, Luzón, a mi hermana. LUZÓN: Según venimos de tarde, pues ya asoma la mañana, cansada de que te aguarde la doncella a la ventana, o el esclavo a la escalera, se habrán echado a dormir. VICENTE: Jugué y perdí. Esta primera nos tiene de consumir bolsa y vida. Sales fuera de casa al anochecer, mudándote hasta las cintas, y, como estás sin mujer, ya a la polla, ya a las pintas, damos los dos en perder, yo, paciencia, y tú, dinero. Volvémonos a cenar cuando sale el jornalero, segunda vez, a almorzar. Llamando al alba el lucero, aguárdate mi señora, que, en fe de lo que te ama, sin ti lo que es sueño ignora, dando treguas a la cama y nieve a la cantimplora. Entras con llave maestra, cenas a las dos o tres, duermes hasta que el sol muestra el cariz al reloj que es tasa de la vida nuestra. Si la campana te avisa de nuestra iglesia mayor, cuando es fiesta, oyes de prisa a un clérigo cazador, que dice en guarismo misa. Hincas encima del guante una rodilla, y sobre él más que rezador, mirante, volatines de un coredel pasan cuentas cada instante; que, de oraciones vacías como cuentas las llamaron la dan, por no estar baldías más de las damas que entraron, que de las Ave-Marías. Oyes a don Juan mentiras; mientras alza el sacerdote, a doña Brígida miras; si te dio cara, picóte; si no te la dio, suspiras; y apenas la bendición con el Ite, missa est da fin a la devoción, cuando salís dos o tres, y, en buena conversación el portazgo o alcabala cobrando de cada una, la murmuración señala si es doña Inés importuna, si doña Clara regala, si se afeita doña Elena, si ésta sale bien vestida, si estotra es blanca o morena. ¡Mira tú si es esta vida para un Flos Sanctorum buena! VICENTE: Lo que se usa, no se escusa. Eso se usa. Llama ahora. LUZÓN De perdidos es tu escusa. ¡legue a Dios que mi señora nos dé una vez garatusa! Abre, pues que tienes llave. VICENTE: ¿De qué sirve, si despierta me espera, y que vengo sabe? LUZÓN: Oye: abierta está esta puerta. Para tan honesta, grave, y amiga de estar cerrada, mucho es que a tal hora tenga patente en la calle entrada, para que cualquiera venga. VICENTE: Serán de alguna criada descuidos, o habrá sentido que venimos. Entra allá. Vase LUZÓN
Casa sin padre o marido es fortaleza que está sin alcalde apercebido. Quedando por cuenta mía mi hermana doña Violante, mucho mi descuido fía del natural inconstante de una mujer, que podría abrir puerta a la ocasión con la que le da mí juego. Hechizos los naipes son; que poco hay de juego a fuego. ¡Encantada ocupación es la de un tahúr! ¡Qué olvido en todos causa el jugar! Decía un bien entendido que no hay honra que fiar en el jugador marido. Más que amor el juego abrasa, porque aquél mira el honor, cuyos límites no pasa; pero ¿ cuándo el jugador tuvo cuenta con su casa? A ver en mí mismo vengo la experiencia de esto llana; y, si enmiendas no prevengo, es por ser cierta en mi hermana la satisfacción. que tengo. Sale LUZÓN
LUZÓN: Todos duermen en Zamora; sólo no he podido hallar a tu hermana y mi señora, y dame que sospechar la puerta abierta a tal hora, y el hallar este papel para ti sobre la mesa. VICENTE: ¿Qué dices? LUZÓN: No sé; por él podrás ver si, en esta impresa, de desafío es cartel contra tu poco cuidado. VICENTE: Letra es de doña Violante. LUZÓN: Por la pinta la has sacado. Brujulea, que adelante verás qué juego te ha entrado. Lee
VICENTE: "El poco cuidado, hermano mío, que los dos hemos tenido, tú con tu casa y yo con mi honra, ha dado ocasión para que de entrambas falte la prenda de más estima. Mientras tú jugabas dineros, perdí yo lo que no se adquiere con ellos. Un don Pedro de Mendoza, forastero en Valencia, pagó en palabras de casamiento obras de voluntad. Huyendo se va, y dice quien le encontró, que camino de Castilla; y yo de un monasterio, que no quiero que sepas, hasta que, o hallándole me vengues, o, no pareciendo, sea el silencio de mi vida remedio de mi afrenta. Dentro de este papel va la cédula que me dio de esposo; haz lo que della gustares; y, si culpas mi liviandad, reprehende tu descuido. Doña Violante." ¡Hay desdicha semejante! Luzón, ¿qué es lo que he leído? ¡Sin honra doña Violante! Tras la hacienda que he perdido, la joya más importante pierdo también. ¡El honor que de mi padre heredé! ¡El patrimonio mejor, que en Valencia espejo fue de la nobleza y valor! ¡Por una mujer liviana! ¡Por un juego en que, violento, un tahúr la honra me gana! ¿Éste era el recogimiento y la virtud de mi hermana? ¡Mal haya quien confïanza hace en el desasosiego de la femenil mudanza! ¡Mal haya quien en el juego pone hacienda y esperanza! Que si en papeles pintados se funda todo su ser, livianos son sus cuidados y si es papel la mujer, llevando los más pesados el viento, que burlador mi fama deja ofendida, bien es que llore mi error mi hacienda al juego perdida, como al descuido mi honor. LUZÓN: ¿De qué ha de servir ahora ponderar, como el perdido, lo que tarde siente y llora? Sepamos dónde se ha ido mi poco cuerda señora, y sacarás de buscalla el saber más claramente quién fue el que vino a engañalla. Despertar quiero la gente. Llamando
¡Dionisia, Lucrecia! VICENTE: Calla; no publiques, si eres sabio, la infamia de aqueste insulto; ten la lengua, cierra el labio; que, entre tanto que está oculto, no da deshonra el agravio. Mientras que la noche veda que saque el sol a poblado infamias que decir pueda, déjame vivir honrado este tiempo que me queda. LUZÓN: Pues, ¿ qué hemos de hacer? VICENTE: Advierte en lo que me ofrece agora la industria en la ocasión fuerte. Don Juan de Aragón adora a mi hermana, y es de suerte, que, aunque intenta en Zaragoza su padre don Luis casalle con una señora moza, noble, y barona del Valle, que con otros pueblos goza, tiene en tanto la belleza de doña Violante ingrata, que, sin mirar su pobreza, las otras bodas dilata, y a éstas su amor endereza. Toda la gente de casa, como tan público fue, saben lo que en esto pasa. LUZÓN: Y yo también, señor, sé que por tu hermana se abrasa. VICENTE: Oye, pues. Tú has de quedarte aquí con un papel mío, que, en fe de que sé estimarte por fiel, de ti mi honor fío, como si en él fueras parte. Escribiré en él, Luzón, a doncellas y a criados, que de don Juan de Aragón los amorosos cuidados han llegado a ejecución de casarse con secreto con mi hermana en un castillo que tiene para este efecto prevenido, y que encubrillo importa, por el respeto que a su padre es bien tener; y que, en fe de esto, llegó esta noche, sin querer que sepan más de él y yo lo que determina hacer. Por lo cual, sin avisar a nadie, a la media noche, a las puertas del lugar nos esperó con un coche; y yo, para asegurar su alboroto y confusión, les escribo este papel. Fingirás admiración, y que ignorabas en él nuestra jornada a Aragón; dirásle que te mandé que nuestra vuelta esperases, y el gobierno te encargué de casa, y con que gastases en mi ausencia te dejé. También les escribiré esto. Iré a don Juan de Aragón; diréle que, porque ha puesto los ojos cierto barón valenciano y descompuesto en mi hermana, la he sacado de Valencia, y, por quitar la esperanza a su cuidado, he querido divulgar que en secreto se han casado los dos; y él, agradecido, mi engaño defenderá, y, con esto persuadido, en pie mi honor quedará, ignorado, aunque ofendido. Partiré luego a Castilla en busca de este tirano, que a sus pies mi honor humilla; y, si negase la mano a quien se atrevió a pedilla, vengándose mi esperanza, demostrará la experiencia lo que mi valor alcanza, y que a injurias de Valencia ofrece armas la venganza. LUZÓN: Bien me parece todo eso. VICENTE: Ven, y daréte el papel. ¡Ay, Luzón, que estoy sin seso! LUZÓN: Tu hermana estaba sin él, y dio en tierra con su espejo. Vanse. Salen Don PEDRO de Mendoza y AGUDO, decamino
PEDRO: ¿Hay buenas camas? AGUDO: De Holanda prometen sábanas. PEDRO: Bien. AGUDO: Colcha y rodapiés también de red, con su fleco y randa; dos almohadas que alistan lazos de azul y amarillo, debajo de un acerillo, y porque sus faldas vistan las manchas de la pared, tres sábanas, aunque tiernas por viejas, distinguen piernas, ya de lienzo, ya de, red. Un cielo encima colgado, con flecos del mismo modo, que, viéndole blanco todo dije, "el cielo está nublado," y dos doseles, que son adorno del aposento; un prolijo paramento; pintada en él la Pasión y la historia de Susana, con los dos viejos y el baño; y, al otro lado del paño, un San Joaquín y Santa Ana, y un ángel sobre la puerta que con las alas los junta; al otro un sayón que apunta a un San Sebastián que acierta; luego un San Antón muy viejo con su vestido de estera, y debajo la escalera; junto de él, un San Alejo. Remátase la labor con la espigadera Rud, cual le dé Dios la salud al bellaco del pintor. PEDRO: Con eso vive contenta aquesta gente sencilla. No es Arganda mala villa. AGUDO: Tiene un soto que sustenta con su caza y entretiene a sus vecinos y dueños. Corren toros jarameños, que a gozar la corte viene por pasar por él Jarama, de quien sus vecinos beben las fuerzas con que se atreven; que son bravos de la fama. PEDRO: ¿Está la maleta arriba? AGUDO: Dando abrazos al cojín. PEDRO: ¡Que hoy hemos de entrar, en fin, en Madrid! AGUDO: Él te reciba con buen pie; que es menester confesar y comulgar, como quien se va a embarcar, quien su golfo quiere ver. PEDRO: ¿Golfo? AGUDO: Y no de muchas leguas. PEDRO: Bien dices, si a Madrid llamas manso golfo de las damas. AGUDO: Antes golfo de las yeguas. ¡Qué mal su rumbo conoces! ¿Más que te han de marear la bolsa luego al entrar, si tiran sus olas coces? PEDRO: ¿Por qué, si a casarme voy? AGUDO: Tu nombre lo ha declarado. ¿De mando a mareado, qué va? PEDRO: Satisfecho estoy de que en doña Serafina no hay recelo que me asombre, porque, del modo que el nombre, tiene la fama divina. AGUDO: Serafín bien puede ser; mas no creo en serafines, que por andar en chapines, son fáciles de caer. Y serafines caídos ya tú ves que son demonios. PEDRO: Como aquesos testimonios les levantan atrevidos. AGUDO: ¿Hasla visto? PEDRO: ¿Cómo puedo, si ha un mes que desembarqué de Sanlúcar y llegué de Méjico? AGUDO: ¿Y sin más miedo te vas a casar con ella, sus virtudes canonizas, su hermosura solemnizas, y te enamoras sin vella? PEDRO: Escribió su padre al mío sobre aqueste casamiento; que no pudo el elemento del mar enfadoso y frío anegar correspondencias de su pasada amistad, pues las que la mocedad funda, vencen las ausencias. Informóse de su estado, que, por ser tan conocido, mil testigos ha tenido, &n