Apuntes autobiográficos

 «Nací en Madrid el 13 de febrero de 1921. La casa en que he nacido y se ha desarrollado mi vida se encontraba alejada del casco urbano, rodeada de pequeñas huertas y jardines. Allí me pasaba horas y horas recogiendo las más extrañas piedrecilla que me llenaban los bolsillos, observando las hormigas, saltamontes y todo insecto, y miles de nimiedades que para mí eran tesoros.

Hacía una vida de aire y sol, apenas sin ninguna disciplina, gustaba tumbarse boca abajo sobre la tierra y ver todo aquel mundo minúsculo que se me antojaba gigante, las hierbecillas eran grandes árboles, y se pasaban las mañanas y las tardes contemplando cómo cualquier bicho, salvaba la gran maraña de briznas de hierbas; me llenaba las manos del jugo lechoso de unas flores que no puedo recordar cómo las llamábamos, otras veces con un hilo y un alfiler torcido pescaba desde la galería, sentado, colgando las piernecillas por los huecos de la baranda, en una alberca muy grande que existía en el patio y que tenía multitud de peces, nunca podré olvidar cuando algunas veces nos dejaban entrar a las moreras que estaban al otro extremo e la alberca; ¡qué alborozo!, ¡qué alegría!.

Todos los chicos de la casa subíamos por aquel hermoso tronco que parecía que estaba tumbado para que nosotros pudiéramos trepar con más facilidad y coger sus frutos, de los cuales nos llenábamos y entintábamos manos, caras y vestidos, ¡qué delirio de risas y voces! A las chicas las ayudábamos a subir y cuando se veían en lo alto chillaban y nos pedían ayuda, poniéndonos en peligro de caer todos; ellas después con moras blancas nos limpiaban las caras y manos y repartíamos nuestro botín.

Las paredes exteriores de la alberca, inclinadas y enormemente macizas, no por eso dejaban de filtrar agua que criaba un revestimiento de hermoso terciopelo verde que semejaba a la piel de los lagartos y al rezumar del agua se acercaban las avispas, maravillosas, espléndidamente brillantes en su amarillos y negros que me causaban una frialdad y un miedo con su zumbar en el silencio.

Un día encontré un pedazo de cartulina que desteñía colores y con una cerilla deshecha por un extremo pinté un niño, con una carretilla, y hubo que ver las exclamaciones de mi familia al verme allí tumbado en el suelo pintando aquella escena. Siempre que me preguntan hoy día, desde cuando pinto, no puedo dejar de recordar aquello.

Después cuando venia mi padre del trabajo, en la velada, disputábamos quién de los dos, pintaba mejor cualquier cosa que venia a nuestra imaginación, y ¡qué palmoteo cuando a mi parecer le había superado al dibujo suyo! (Yo estoy seguro que él de haber tenido posibilidades hubiera realizado alguna cosa muy interesante).

Algo más tarde, tenía doce años y, empecé a pintar al óleo cosa que no he cesado de hacer hasta ahora. Fue mi primera obra un retrato de mi padre, y que hoy han admirado mucho, y otro del profesor de la escuela que me valió un verdadero tesoro; el estuche de colores que todavía uso.

Ya hacía tiempo que se fue operando lentamente un cambio en mi, me recluía y no gustaba de salir para dedicarme completamente al estudio, hice una oposición para las clases libres de pintura del Circulo de Bellas Artes, que no pude saber su resultado por ser sorprendido por la guerra, entonces todavía era un niño. De aquí en adelante fueron todo penalidades que no gustan ni creo necesario contar.

Cualquiera que haya permanecido en Madrid en aquellos duros años lo sabe de sobra, no obstante no dejé los pinceles y con una gran constancia proseguí sin desmayo mi trabajo, sin ningún aliento, a solas como desde el principio, sin tener junto a mí quien me indicara los más preliminares informes de pintura, sin embargo, mi entusiasmo me empujaba más y más.

En mi vida no hay hechos importantes que tengan ningún relieve o yo no le concedo apenas ninguna importancia. Creo que las cosas pasan y se borran, pero muchísimas de ellas de orden cotidiano que para los demás son desestimables nos enriquecen y jalonan nuestro mundo interior, nos dan la savia que nos mantiene, pues la misma guerra con todos sus rigores y penas, la muerte ardiente en constante acecho haciendo a la vida palpitar con toda violencia en ese juego de ajedrez macabro, no supone ni tiene importancia de un instante, del gesto, el rostro, o simplemente un hermoso brazo femenino, macizo henchido de jugos y sangre que se transparenta en la luz opalina de este Madrid, o amorosamente acariciado, por la sombra cálida en el silencio intimo de la encalada y sobria habitación en que transcurre nuestra vida y que han penetrado como en nuestra propia carne los mismos objetos que fueron, y que para muchos son, cosas muertas que no trascienden, y con el tiempo afloran serenamente del corazón a los dedos, en esa voluptuosidad de pintar, de trasladar en el atrayente entramado lienzo, amando la materia que se vierte, que se fusiona con la llama interior para no dejarla escapar en el vacío del tiempo: esas tijeras, ese dedal o el canastillo de la costura, el vestido descolorido de la pequeña con sus rayas grises o malvas, tienen más importancia que muchos acontecimientos brillantes y de gran notoriedad.

Al abrirse la Escuela de Bellas Artes en el Museo de Arte Moderno comencé a asistir al primer centro de enseñanza de Pintura, con gran timidez llevé una obra, que nos pedían como muestra, y qué gran sorpresa seria para mí el verla alabada por diferentes catedráticos y más el encontrar las influencias o parecidos con pintores que yo no conocía y que, a buen seguro, no había oído nombrar.

La enseñanza era de una gran libertad. Se puede resumir que los que allí asistimos teníamos estudio y modelos. Los profesores acudían más o menos a nuestras llamadas para darnos un consejo o charlar, como amigos. Se trabajaba mucho pese al gran frío que reinaba en aquellos amplios salones sin calefacción ninguna, tapadas las puertas con alfombras, para impedir las corrientes de aire. Fueron llegando jóvenes que tenían grandes deseos de hacerse, si carecían de conocimientos técnicos, no de inteligencia y sensibilidad: San José, Delgado, Novillo, y otros más, de no menso capacidad. Vázquez Díaz era como un capitán de aquellos espíritus inquietos.

Entre nosotros existía gran camaradería, nos ayudábamos sin reservas, hacíamos las veces de los profesores, cuando nos encontrábamos solos, pero el asistir allí llegó a ser un gran peligro por causa de los obuses y bombas, de tal forma que ya en los últimos tiempos, tuvimos que hacernos cargo de las llaves los tres o cuatro únicos asistentes. Aquellos tiempos fueron hermosísimos, llenos de promesas e ilusiones, a buen seguro que todos los que vivimos aquella vida inquieta le seguirán recordando con gusto. Surgió una hermandad que parecía indestructible y que resurgió con la paz.

Al agruparnos de nuevo con Benjamín Palencia, para algunos de nosotros fue abrir la ventana de nuestra vida a los horizontes infinitos de los campos de nuestra Castilla; para mí fue una ampliación de mi vida infantil, fue como una gloria de sol y aire limpio, fue el conocimiento o presentimiento de la matemática que rige el Universo, sentíamos el rigor hermoso de los elementos, el viento nos curtía y nos fue formando la visión si velos que se interpusiera entre nuestros ojos y el desnudo y horadado esqueleto de la tierra, tierra árida, sin aguas, sin árboles, como la de un astro muerto; marchábamos como únicas verticales, serios, concretos, quemados por el sol bajo los cielos bruñidos y tersos.

Esperábamos la hora en que se incendian las nubes para descansar y ver cómo poco a poco, en el crepúsculo místico, las cosas pierden su forma y peso, pensar y hablar de nuestros sueños, de un estado inferior, común en todos nosotros, para crear un credo plástico, de una fuerte y gran poesía. Trabajábamos sin descanso y no teníamos ningún miedo al esfuerzo físico o moral para hacer nuestra obra.

Nos dejaron una casa, y más tarde una ermita para transformarla en un estudio común y que después de un intenso trabajo como afanados obreros tuvimos que abandonar por muy diferentes causas, entre ellas la enfermedad de algunos de nosotros. Yo al restablecerme y volver a su encuentro tuve la impresión fría de algo que no era lo que tanto habíamos soñado, y decidí hacer mi vida solitaria que había tenido anteriormente.

Me retiré a una casita que tenía en los alrededores de Madrid con una huertecita, en la que me entregué por entero a vivir intensamente. Trabajaba en las labores de la tierra, cavaba, y sembraba, mimaba las plantas, se comunicaba por todo mi ser una pasión ardiente por la grandeza de la creación; el sol, el agua hasta los tobillos cuando regaba, el olor fresco de la tierra negra, y los frutos jugosos y macizos, todo esto era toda mi vida; pintaba mientras los surcos se llenaban de agua y muchas veces, machacaba ladrillos, piedras calizas, gredas, y cuantos materiales me interesaban; me absorbía- por completo en esta tarea, después estas materias las combinaba en el suelo tras el previo trazo de formas libres, que no podía retener y que transformaba continuamente, modificando e incrustando cristales de rojos o verdes profundos, combinando con los de color de miel; una fuerte avidez sensual lo inundaba todo, quise alguna vez trasladar todo esto en una superficie duradera, pero el sol y los olores quedaban allá fuera.

Visto esto, continué jugando con la luz y los colores, sintiendo el marchar del sol. Después al pasar de muchacho a hombre la vida de trabajo cotidiano no - permite las expansiones de que se han vivido en la adolescencia, el trabajo y el deber se imponen, pero, sin embargo, el alma vuela y los sentimientos siguen vibrando y sintiendo de la misma manera. Hoy tengo que afrontar la falta de tiempo pero, sea como sea, siempre lo encuentro para pintar, pintar siempre y lo hago con toda la verdad y sin falsearme a mí mismo, sin entregarme a los moldes que el público gusta ni a las modas que nos vienen de otros climas, y que a muchos dejan absortos, muchas veces con su falsa y fácil brillantez...».


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