
| Apuntes
autobiográficos
Hacía
una vida de aire y sol, apenas sin ninguna disciplina, gustaba tumbarse
boca abajo sobre la tierra y ver todo aquel mundo minúsculo que
se me antojaba gigante, las hierbecillas eran grandes árboles,
y se pasaban las mañanas y las tardes contemplando cómo
cualquier bicho, salvaba la gran maraña de briznas de hierbas;
me llenaba las manos del jugo lechoso de unas flores que no puedo recordar
cómo las llamábamos, otras veces con un hilo y un alfiler
torcido pescaba desde la galería, sentado, colgando las piernecillas
por los huecos de la baranda, en una alberca muy grande que existía
en el patio y que tenía multitud de peces, nunca podré
olvidar cuando algunas veces nos dejaban entrar a las moreras que estaban
al otro extremo e la alberca; ¡qué alborozo!, ¡qué
alegría!. Todos
los chicos de la casa subíamos por aquel hermoso tronco que parecía
que estaba tumbado para que nosotros pudiéramos trepar con más
facilidad y coger sus frutos, de los cuales nos llenábamos y
entintábamos manos, caras y vestidos, ¡qué delirio
de risas y voces! A las chicas las ayudábamos a subir y cuando
se veían en lo alto chillaban y nos pedían ayuda, poniéndonos
en peligro de caer todos; ellas después con moras blancas nos
limpiaban las caras y manos y repartíamos nuestro botín. Las paredes
exteriores de la alberca, inclinadas y enormemente macizas, no por eso
dejaban de filtrar agua que criaba un revestimiento de hermoso terciopelo
verde que semejaba a la piel de los lagartos y al rezumar del agua se
acercaban las avispas, maravillosas, espléndidamente brillantes
en su amarillos y negros que me causaban una frialdad y un miedo con
su zumbar en el silencio. Un día
encontré un pedazo de cartulina que desteñía colores
y con una cerilla deshecha por un extremo pinté un niño,
con una carretilla, y hubo que ver las exclamaciones de mi familia al
verme allí tumbado en el suelo pintando aquella escena. Siempre
que me preguntan hoy día, desde cuando pinto, no puedo dejar
de recordar aquello. Después
cuando venia mi padre del trabajo, en la velada, disputábamos
quién de los dos, pintaba mejor cualquier cosa que venia a nuestra
imaginación, y ¡qué palmoteo cuando a mi parecer
le había superado al dibujo suyo! (Yo estoy seguro que él
de haber tenido posibilidades hubiera realizado alguna cosa muy interesante). Algo más
tarde, tenía doce años y, empecé a pintar al óleo
cosa que no he cesado de hacer hasta ahora. Fue mi primera obra un retrato
de mi padre, y que hoy han admirado mucho, y otro del profesor de la
escuela que me valió un verdadero tesoro; el estuche de colores
que todavía uso. Ya hacía
tiempo que se fue operando lentamente un cambio en mi, me recluía
y no gustaba de salir para dedicarme completamente al estudio, hice
una oposición para las clases libres de pintura del Circulo de
Bellas Artes, que no pude saber su resultado por ser sorprendido por
la guerra, entonces todavía era un niño. De aquí
en adelante fueron todo penalidades que no gustan ni creo necesario
contar. Cualquiera
que haya permanecido en Madrid en aquellos duros años lo sabe
de sobra, no obstante no dejé los pinceles y con una gran constancia
proseguí sin desmayo mi trabajo, sin ningún aliento, a
solas como desde el principio, sin tener junto a mí quien me
indicara los más preliminares informes de pintura, sin embargo,
mi entusiasmo me empujaba más y más. En mi
vida no hay hechos importantes que tengan ningún relieve o yo
no le concedo apenas ninguna importancia. Creo que las cosas pasan y
se borran, pero muchísimas de ellas de orden cotidiano que para
los demás son desestimables nos enriquecen y jalonan nuestro
mundo interior, nos dan la savia que nos mantiene, pues la misma guerra
con todos sus rigores y penas, la muerte ardiente en constante acecho
haciendo a la vida palpitar con toda violencia en ese juego de ajedrez
macabro, no supone ni tiene importancia de un instante, del gesto, el
rostro, o simplemente un hermoso brazo femenino, macizo henchido de
jugos y sangre que se transparenta en la luz opalina de este Madrid,
o amorosamente acariciado, por la sombra cálida en el silencio
intimo de la encalada y sobria habitación en que transcurre nuestra
vida y que han penetrado como en nuestra propia carne los mismos objetos
que fueron, y que para muchos son, cosas muertas que no trascienden,
y con el tiempo afloran serenamente del corazón a los dedos,
en esa voluptuosidad de pintar, de trasladar en el atrayente entramado
lienzo, amando la materia que se vierte, que se fusiona con la llama
interior para no dejarla escapar en el vacío del tiempo: esas
tijeras, ese dedal o el canastillo de la costura, el vestido descolorido
de la pequeña con sus rayas grises o malvas, tienen más
importancia que muchos acontecimientos brillantes y de gran notoriedad. Al abrirse
la Escuela de Bellas Artes en el Museo de Arte Moderno comencé
a asistir al primer centro de enseñanza de Pintura, con gran
timidez llevé una obra, que nos pedían como muestra, y
qué gran sorpresa seria para mí el verla alabada por diferentes
catedráticos y más el encontrar las influencias o parecidos
con pintores que yo no conocía y que, a buen seguro, no había
oído nombrar. La enseñanza
era de una gran libertad. Se puede resumir que los que allí asistimos
teníamos estudio y modelos. Los profesores acudían más
o menos a nuestras llamadas para darnos un consejo o charlar, como amigos.
Se trabajaba mucho pese al gran frío que reinaba en aquellos
amplios salones sin calefacción ninguna, tapadas las puertas
con alfombras, para impedir las corrientes de aire. Fueron llegando
jóvenes que tenían grandes deseos de hacerse, si carecían
de conocimientos técnicos, no de inteligencia y sensibilidad:
San José, Delgado, Novillo, y otros más, de no menso capacidad.
Vázquez Díaz era como un capitán de aquellos espíritus
inquietos. Entre
nosotros existía gran camaradería, nos ayudábamos
sin reservas, hacíamos las veces de los profesores, cuando nos
encontrábamos solos, pero el asistir allí llegó
a ser un gran peligro por causa de los obuses y bombas, de tal forma
que ya en los últimos tiempos, tuvimos que hacernos cargo de
las llaves los tres o cuatro únicos asistentes. Aquellos tiempos
fueron hermosísimos, llenos de promesas e ilusiones, a buen seguro
que todos los que vivimos aquella vida inquieta le seguirán recordando
con gusto. Surgió una hermandad que parecía indestructible
y que resurgió con la paz. Al agruparnos
de nuevo con Benjamín Palencia, para algunos de nosotros fue
abrir la ventana de nuestra vida a los horizontes infinitos de los campos
de nuestra Castilla; para mí fue una ampliación de mi
vida infantil, fue como una gloria de sol y aire limpio, fue el conocimiento
o presentimiento de la matemática que rige el Universo, sentíamos
el rigor hermoso de los elementos, el viento nos curtía y nos
fue formando la visión si velos que se interpusiera entre nuestros
ojos y el desnudo y horadado esqueleto de la tierra, tierra árida,
sin aguas, sin árboles, como la de un astro muerto; marchábamos
como únicas verticales, serios, concretos, quemados por el sol
bajo los cielos bruñidos y tersos. Esperábamos
la hora en que se incendian las nubes para descansar y ver cómo
poco a poco, en el crepúsculo místico, las cosas pierden
su forma y peso, pensar y hablar de nuestros sueños, de un estado
inferior, común en todos nosotros, para crear un credo plástico,
de una fuerte y gran poesía. Trabajábamos sin descanso
y no teníamos ningún miedo al esfuerzo físico o
moral para hacer nuestra obra. Nos dejaron
una casa, y más tarde una ermita para transformarla en un estudio
común y que después de un intenso trabajo como afanados
obreros tuvimos que abandonar por muy diferentes causas, entre ellas
la enfermedad de algunos de nosotros. Yo al restablecerme y volver a
su encuentro tuve la impresión fría de algo que no era
lo que tanto habíamos soñado, y decidí hacer mi
vida solitaria que había tenido anteriormente. Me retiré
a una casita que tenía en los alrededores de Madrid con una huertecita,
en la que me entregué por entero a vivir intensamente. Trabajaba
en las labores de la tierra, cavaba, y sembraba, mimaba las plantas,
se comunicaba por todo mi ser una pasión ardiente por la grandeza
de la creación; el sol, el agua hasta los tobillos cuando regaba,
el olor fresco de la tierra negra, y los frutos jugosos y macizos, todo
esto era toda mi vida; pintaba mientras los surcos se llenaban de agua
y muchas veces, machacaba ladrillos, piedras calizas, gredas, y cuantos
materiales me interesaban; me absorbía- por completo en esta
tarea, después estas materias las combinaba en el suelo tras
el previo trazo de formas libres, que no podía retener y que
transformaba continuamente, modificando e incrustando cristales de rojos
o verdes profundos, combinando con los de color de miel; una fuerte
avidez sensual lo inundaba todo, quise alguna vez trasladar todo esto
en una superficie duradera, pero el sol y los olores quedaban allá
fuera. Visto
esto, continué jugando con la luz y los colores, sintiendo el
marchar del sol. Después al pasar de muchacho a hombre la vida
de trabajo cotidiano no - permite las expansiones de que se han vivido
en la adolescencia, el trabajo y el deber se imponen, pero, sin embargo,
el alma vuela y los sentimientos siguen vibrando y sintiendo de la misma
manera. Hoy tengo que afrontar la falta de tiempo pero, sea como sea,
siempre lo encuentro para pintar, pintar siempre y lo hago con toda
la verdad y sin falsearme a mí mismo, sin entregarme a los moldes
que el público gusta ni a las modas que nos vienen de otros climas,
y que a muchos dejan absortos, muchas veces con su falsa y fácil
brillantez...». |
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