Me encontraba una tarde sentado en la terraza de un café de Madrid,
con varios amigos y otros que no lo eran. Yo estaba dialogando no recuerdo
con quién.Pues, como
íbamos diciendo y en un momento de esto, volví la cabeza
y me encontré que junto a nuestra mesa había un mozo de
pueblo muy tostado de sol, en traje de pana, calzado de alpargatas, y
con una carpeta pequeñita en la mano.
Yo me quedé
mirando y me dije para mis adentros: ¿Qué hará este
paleto entre tantos señoritos?, en esto llega el escritor José
Bergamín y me dice:
- Mira,
aquí te presento a Miguel Hernández, un buen poeta.
Y como siempre:
-Tengo tanto
gusto en conocerlo. Hombre, a ver si le hacemos un sitio.
Al que estaba
sentado a mi lado le dije:
- ¿Quiere
usted correrse para se siente este hombre?
Después
de una ligera conversación con Bergamín, nos pusimos los
dos a dialogar: él, de campos y montes de Orihuela, y yo de tierras
y montes de Toledo. Consecuencia de este diálogo fue una invitación
que le hice para pasar una tarde por los campos de Vallecas.
A los dos
días de este primer encuentro nos vimos andando por los magníficos
campos plásticos y nutritivos de Vallecas, pues a medida que íbamos
recogiendo espigas de cebada y trigo, de las que llevábamos los
bolsillos llenos.
Del libro «Alberto Sánchez. Palabras de un escultor»
Fernando Torres. Editor. Valencia, 1975