Me dicen:
la ciudad. Y yo respondo...: el campo. Con las emociones que dan las
gredas, las arenas y los cuarzos: con las tierras de almagra alcalainas,
oliendo a mejorana, entre vegetales de sándalo, con las hojas
secas de lija, y un arroyo de juncos con puntos de acero galvanizado;
con las tierras que alcáen de la Sagra toledana y los olivos,
de tordos negros cuajados; también un sapo venenoso con amargor
de retama y sabor de rana viva; y en el río, un pez saltando
perseguido de lombrices... que a todo ello lo mojan las lluvias y el
sol lo vuelve cieno; que todo tenga olor de tormentas y de rayos partiendo
higueras; que se vuelva verde de légamo el picotazo de un mosquito;
que hagan al cieno sonido los murciélagos en las erosiones del
tiempo, y al atardecer, en otoño, con una gigantesca nube y el
cielo negro...
Y cuando, salpicado de barro, voy pisando los negros
abismos y un ala misteriosa roza los oídos, ver y sentir la noche
cerrada en durísima y trepidante tormenta, guiado por las líneas
blancas de los rayos, seguido de lechuzas, mochuelos y cornejas cantando,
y el viento cortando mis pasos.
Que mi aturdimiento me haga caer por
los barrancos; que de levantar y caer, el cuerpo se convierta en barro;
presentir que voy a ahogarme en la profundidad del cieno, y en su fondo,
a encontrarme los reptiles de los sueños; que la silueta gigantesca
de una fantasma en forma de perro negro me salga al paso, que forme
círculos y triángulos alrededor de mi figura e barro y
que dé ladridos, por tres veces se llene el espacio; que la impresión
sea tan grande que me transforme en terrón de tierra de barbechos
mojados.
Que de
aquí en adelante no sea más que un terrón de castellanas
tierras; que el terrón sea de tierra parda en invierno, con rojo
viejo de Alcalá, con amarillo pajizo y matas de manzanilla de
Toledo; que tenga también blanco de Luna de Pantoja y Alamada
con tierra de pardillo y sabor de tostadas almendras con verde arcilla,
lunático, cuajado de flechas de las espigas de lobo; que mi tierra
sea envuelta de olores de tomillos y cantuesos; que me den calor los
conejos y las liebres; guardado de árboles, de majuelas con tomillos
y esbeltos tallos de hinojo y tener por novia los montes de Añover
del Tajo.
Y que
el viento del amanecer levante el polen de todas las tierras de Castilla,
y a mi novia Monteañover le ponga florecillas de hierba-piedra,
con lunares de paja-pajaritos; que canten como la valdellana, el coli-rubio
y el pica-fríos.
Esculturas
de troncos de árboles descortezados del restregar de los toros,
entre cuerpos de madera blanca como huesos de animales antediluvianos,
arrastrados por los ríos de tierras rojas, y figuras como palos
que andan envueltos en mantas pardas de Béjar, tras sus yuntas
que dibujan surcos; cuerpos curvados que avanzan con medias lunas brillando
en sus manos; hombres que se bañan sudando y se secan como los
pájaros, restregándose en las tierras polvorientas con
el aire que lleve polen y olor de primeras lluvias, vida rural que se
meta en mi vida, como un lucero cruzando el espacio; luz que aclare
los sentidos de los que anima a los cerros con carrascos, con vida de
piedra, con alma de bueyes y espíritu de pájaro; también
los machos y las hembras sobre los montes trazados en cono, con esparto
y tomillos; y bramando como el toro cantando por el cuclillo al sol
del mediodía, en verano.
Quisiera
dar a mis formas lo que se ve a las cinco de la mañana. En campos
de retama que cubre a los hombres con sus frutos amarillos de limón
candealizado y endurecido, y suaves como bolitas marfileñas;
con olores que llegan de lejos a romeros y cantauesos, olivares y viñedos,
y por los tomillos que voy pisando, entre las varas durísimas
y flexibles de cornicabra; y yo cantando, entre barrancos llenos de
ajunjeras con hilos de manantiales que brillan profundamente con verde
de berro.
Música
de ramas y ruidos de pájaros entre altísimas piedras,
con un lejano voltear de campanillas ermitañas, a las cinco de
la mañana en verano; con rayas dibujadas y esmaltadas hierbas,
tierra y piedras, por las pisadas de los caminantes solitarios, por
los caminos por el tiempo y equilibradas como está la piedra
del rey moro en Toledo.
Una plástica
vista y gozada en los cerros solitarios, con olores, colores y sonidos
castellanos, que se dan en los trescientos sesenta y cinco días
del año, con troncos de olivos como huesos azul-blanco de metal
enmohecido y empavonado, con astillas arrancadas de sus troncos por
las furias del tiempo; cerros pelados, refugio de escorpiones, salamandras
y lagartos; con escarabajos peloteros luchando con las hormigas pequeñas;
cerro trazado y geometrizado por los bichos que se arrastran y por las
líneas negras, continuadas, de ir y venir de las hormigas trabajando,
y por los caminos que dejan las pezuñas de los ganados pastando;
con los viñedos asesinados por la maldita filoxera, roídos
por las cabras y los parásitos sin nombre, con piedras calizas
fosforescentes, que brillan como luceros de junio y pedernales destruidos
por las explosiones del tiempo, con pieles abandonadas de culebras y
víboras, sobre las vegetaciones secas.
Y todo
arrasado por los saltamontes, langosta castellana; matas de tomillos
quemados por el hielo y calcinadas por el sol de los veranos; todo arrastrado
por torrentes y grietas en las lluvias continuas de tres meses.
Esculturas
plásticas, con calidades de pájaros, que anuncian el amanecer
con sonidos húmedos de rocío, y nubes largas, aceradas,
sobre las nieblas del espacio, en invierno, con ladridos de perros de
majada y humos de estiércol quemados con paja; matas flexibles
de hinojo, en limpias arenas blancas, en arroyos solitarios con amarillo
de rastrojo castellano; el amarillo que al tocarlo, ruraliza sensualmente
el alma, llenándola de frío, con el temple de los gigantescos
truenos, con la danza incandescente de rayas blancas lanzadas por mis
manos contra el suelo.
Formas
hechas por el agua y el viento en las piedras que bien equilibradas
se quedaron solas, a lomos de los cerros rayados y excrementados por
las garras y picos de pájaros grandes. Formas de vibraciones
de hojas de cañas a orillas de los ríos, formadas y entrelazadas
con las finas varas de taray; y las que lo estén con piedras
de los volcanes, taladradas de silbidos de los grandes y continuos vendavales,
oliendo a azufre petrificado con calidad de azul de cuervo negro, proyectado
en los charcos como jirones de cielo; y las que cantan enteramente con
sonidos broncos horizontales, curvadas de espumas en llamas, blancas
de hielo, salpicadas y estrelladas en las mismas superficies bajas de
su propio y fresco manantial; y las que están hechas de presentimientos
de cantar de la lechuza, mochuelo y corneja, en las torres de los pequeños
pueblos de adobe y cal y paja, en las noches interminables, negras como
pizarra carbonizada, y cuando perdidos por los caminos, al son de las
formas gigantescas de piedras que ruedan y se despeñan y lloviendo,
entro en el pueblo guiado por la lis blanca de rayo.
No me
guía en estos momentos el propósito de polemizar en cuestiones
de arte, por considerar que los múltiples problemas de orden
económico distraen a los hombres de toda atención espiritual;
doy estos fragmentos de un libro en preparación por creer que
es lo que más puede aclarar el campo en que yo me sitúo
para crear las formas plásticas.
Publicado en la revista Arte
Junio de 1933