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Autoretrato de
Alberto |
Alberto. Alberto Sánchez. ALBERTO. Difícil dar aquí
una breve imagen de aquella tremenda y descomunal figura de Alberto Sánchez
desde los años en que comenzó a proyectarse sobre aquellas
tierras cambiantes y escuetas de Vallecas.
Pero yo quiero recordarlo, primero,
cuando lo conocí, más o menos ya entrada la gran década
creadora en un Madrid de antes de la República y, luego, durante
la guerra civil. ¡Aquellos entusiastas años apasionados, con
aquel Alberto casi todavía panadero y ya escultor, con un cercano
pasado de oficios diferentes: como herrero, cuchillero, zapatero...
Alberto,
huesudo y alargado, de accionantes manazas acostumbradas a amasar las figuras
de panes modelados con el trigo hecho harina.
Alberto, discutidor a voces,
narrador de terribles historietas de su vida popular y difícil y
ya escritor a ratos y diseñador de violentas sátiras sociales
o claros pensamientos sobe su cada vez más audaz sentido de la escultura.
No lo veía siempre, aunque de tiempo en tiempo lo acompañaba
con Maruja Mallo y Benjamín Palencia a aquellas movidas llanuras vallecanas en las que soñábamos con la creación de
un arte español universal, puro y primario como las piedras que encontrábamos
rodadas y pulidas por los ríos.
Durante
la guerra lo vi algunas veces por la Alianza de Intelectuales Antifascistas,
de la que yo, con José Bergamín, era su secretario. Venía
de El Escorial, en donde era profesor de dibujo, pero venia con un fusil,
pues a la vez Alberto era soldado, por allí cerca, en el frente
de Peguerinos. Después, después... Anduvo Alberto por París,
donde en el Pabellón Español de la Exposición Internacional,
junto a «El Guernica» de Picasso alzó una extraordinaria
columna, a la que puso un titulo, no exento de intenciones: «El
pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella».
Y ya no
vi más a Alberto hasta 1956. y lo vi en su casa de Moscú,
con su inseparable compañera Clara y su hijo Alcaén. Allí
lo encontré, tan lejos de su Toledo, de los campos vallecanos,
de sus cantos rodados y hierros retorcidos, pintando, dibujando, cantando
con su ancha voz de todas las tormentas, haciendo decorados escénicos...
Pero la escultura... ¿La escultura? Aquel genial invento de formas
sorprendentes, en donde el aire era uno de los principales elementos vivificadores
de ellas! -El tiempo pasa, Alberto. Y algún día volveremos
a España. Y aunque tus tierras toledanas y ensueños vallecanos
estén lejos, están dentro de ti, cantan y te golpean dentro
de ti, esperando.
Y Alberto
trabajó, trabajó insomne, encontrando sus nuevos materiales,
creando de nuevo una obra nueva perdurable, durante los diez años
que alcanzó a vivir.., pero sin retornar a España.
Al marcharme
de Moscú, en aquel 1956, le escribí este soneto, que yo
sé le animó mucho a proseguir su obra escultórica
interrumpida durante algunos años.
PARA ALBERTO
SÁNCHEZ
Escultor
de Toledo
A ti, cal viva de Toledo, crudo
montón de barro, arcangelón rugiente
contra un violento, tórrido, inclemente
Apocalipsis del horror, grecudo.
A ti, al que el Tajo en su correr agudo
le arrojó el mejor canto de su frente
y un pájaro de piedra transparente
centró en el hueso mondo de tu escudo.
A ti, aunque cerca, pero tan lejano
hoy de aquel frío infierno castellano,
de aquel en sombra sumergido ruedo,
vengo a decirte: A caminar, hermano.
Que muy pronto en la palma de tu mano
con nueva luz se amasará Toledo.
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