SOBRE LA ESCUELA DE VALLECAS

Texto dictado por el escultor Alberto, en el verano de 1960

La Exposición de Artistas Ibéricos dio a conocer en Madrid a Dalí, Palencia, Bores, Cossío, Barradas, Frau y otros. Para mí fue una suerte exponer allí; todos los periódicos de la noche del día de la inauguración se ocupaban de mis obras extensa y elogiosamente.


Escultura "Ciego con Bandurrria"
Escultura "Ciego con Bandurrria"
Aquella noche estaba yo trabajando en la tahona y otro panadero que leía «La Voz», me preguntó: «¿Pero tú eres escultor? ¡Mira lo que dice aquí!». Al domingo inmediato, los obreros de mi sindicato fueron en masa a ver mi exposición.

Mi éxito dio pie para que numerosos intelectuales solicitaran de la Diputación de Toledo una pensión para mí. Firmaban la solicitud, entre otros, el Presidente del Ateneo de Madrid y el Director del Museo de Arte Moderno.

Yo quería hacer un arte revolucionario que reflejase una nueva vida social, que yo no veía reflejada plásticamente en el arte de los anteriores períodos históricos, desde las Cuevas de Altamira, hasta mi tiempo. Me di a la creación de formas escultóricas, como signos que descubrieran un nuevo sentido de las artes plásticas. Me dediqué a dibujar con pasión, de la mañana a la noche. A través de aquellos dibujos que hacia para buscar posibles esculturas pude darme cuenta de que era sumamente difícil salir de todo lo que a uno le rodea.

Esos dibujos que mostraba y que nadie entendía porque los veía fragmentados, para mí estaba claro que eran trozos de caballos, de mujeres, de animales mezclados con montes, campos, trozos de maquinaria. Eso me llevó a la conclusión de que todo lo que pudiera hacer yo en forma plástica existía ya. Entonces vi clarisimamente, según mi punto de vista, que nunca lograría crear cosas inexistentes.

Me tranquilicé. Procuré hacer una escultura más sencilla. Y ya no tuve inconveniente alguno en ir a buscar estas formas al campo, formas que encontraba muchísimas veces dibujadas por el hombre cuando labraba la tierra.

En realidad, yo no hacía más que levantar esas formas de la tierra. Un ejemplo concreto: salvo raras excepciones, los monumentos de Madrid me disgustaban porque los encontraba feos y de vanidad ramplona. Un día, andando por los campos próximos a Alcalá de Henares, donde no se divisaba ningún árbol, sólo matas de tomillo en los cerros, vi cómo un gavilán se comía un pájaro. Por allí sólo pasaba un pastor que otro.

Escultura "Mujer"
Escultura "Mujer"
Se me ocurrió levantar el Monumento a los Pájaros, para emplazarlo en aquel sitio; serviría de monumento y de nido a los pájaros pequeños, agujereado y construido de manera que ni las aves de rapiña pudieran meterse, ni las alimañas subir a él pues la pieza que yo llamaba «de tierra» (pieza basamental) estaba curvada con este fin. El conjunto se componía de ocho piezas. Y al cabo de treinta años he podido comprobar que este monumento, del que sólo se conserva la fotografía, sigue siendo una escultura actual, por el hecho de haber sido concebido para un sitio fijo y para cumplir una misión determinada.

Al participar en la Exposición de Artistas Ibéricos, conocí a varios pintores. Casi todos se fueron después a París, menos Benjamín Palencia. Palencia y yo quedamos en Madrid con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional, que compitiera con el de París. Durante un período bastante largo, a partir de 1927, más o menos, Palencia y yo nos citábamos casi a diario en la Puerta de Atocha, hacia las tres y media de la tarde, fuera cual fuese el tiempo.

Recorríamos a pie diferentes itinerarios: uno de ellos era por la vía del tren, hasta las cercanías de Villaverde Bajo; y sin cruzar el río Manzanares, torcíamos hacia el Cerro Negro y nos dirigíamos hacia Vallecas. Terminábamos en el cerro llamado de Almodóvar, al que bautizamos con el nombre de «Cerro Testigo» porque de ahí había de partir la nueva visión del arte español. Una vez en lo alto del cerro - cerro de tierras arrastradas por las lluvias, donde sólo quedaba algún olivo carcomido, con escasas ramas abarcábamos un círculo completo, panorama de la tierra imagen de su redondez.

Aprovechamos un mojón que allí había, para fijar sobre él nuestra profesión de fe plástica: en una de sus caras escribí mis principios; en otra, puso Palencia los suyos; dedicamos la tercera a Picasso. Y en la cuarta pusimos los nombres de varios valores plásticos e ideológicos, los que entonces considerábamos más representativos; en esa cara aparecían los nombres de Eisenstein, El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros.

Y como Don Quijote, cuando desde o alto de un cerro describía los ejércitos que se le venían encima, porque esa era la ley del armado caballero andante, nosotros también, considerándonos caballeros andantes de las artes plásticas, describíamos nuevas formas del dibujo y del color. Llegamos a la conclusión de que para nosotros no existía el color sino las calidades de la materia. Desde allí mismo comprobamos cómo los colores de los carteles que a lo largo de una carretera anunciaban automóviles, hoteles, etcétera, eran repelidos por el paisaje, como si fueran insultos a la Naturaleza. Nos proponíamos extirpar los colores artificiales, agrios, de los pintores, de los carteles. Queríamos llegar a la sobriedad y la sencillez que nos transmitían las tierras de Castilla. Era, en el fondo, un movimiento equiparable a lo que en tiempos fueron lo impresionistas. Metíamos la cabeza entre las piernas y veíamos cómo se transformaba toda la visión del paisaje; descubríamos por este procedimiento la rutina de los ojos, porque la postura nos cambiaba toda la visión. Nos parecía que lo que contemplábamos desde lo alto del cerro no había sido todavía realizado por ningún pintor, ya fuera El Greco, Velázquez, Zurbarán o Picasso.

De todo esto surgió la idea de lanzar una nueva escuela, la Escuela de Vallecas. Tomamos la cosa con verdadero fanatismo. Nos dimos a coleccionar piedras, palos, arenas y todo objeto que tuviera cualidades plásticas. Hasta el extremo de que una vez encontramos en un barbecho de Vallecas un zapato viejo de mujer y sobre el hallazgo comparamos los dos mundos: el del campo abierto y el del interior de Madrid. Esto nos hizo lanzar el grito de «¡Vivan los campos libres de España!».

Palencia, pintó en esta época cuadros interesantes como el titulado «Tiro de escopeta», basado en unas perdices y en el tiro del cazador. Trató en ese cuadro de extirpar el color y de dar las calidades a la tierra. Palencia hizo una exposición en el Museo de Arte Moderno. Un día pasaron a verla Fernando de los Ríos, entonces ministro de Instrucción Pública, José Bergamín, y don Miguel de Unamuno.

Me dijo Bergamin que acompañara a Unamuno mientras él y Palencia acompañaban al ministro. Unamuno no se detenía ante ningún cuadro, cosa que a mí me indignó. Yo esperaba a que se parase, para emprender la polémica. paró ante el cuadro «Tiro de escopeta»; y aprovechando la ocasión le pregunté: ¿Qué le parece eso, don Miguel? Él empezó a menear la cabeza de un lado a otro y, levantando las manos, dijo que no comprendía. Entonces añadí; «Habrá usted visto que en este cuadro ha sido extirpado el color por completo. Y eso ocurre por primera vez en España. Este Museo de Arte Moderno que acaban de inaugurar no contiene más que obras de teatro.»

Unamuno, muy tranquilamente, me pidió un lápiz, yo no lo tenía; estuvo rebuscando en sus bolsillos hasta que encontró un cacho. Y después de preguntarme si había estado en Alba de Tormes, a lo que repuse que no, dijo: «allí había un canónigo amigo mío, que le dio por dibujar una letra nueva; el resultado fue un arabesco incomprensible, como éste.» A lo cual repliqué: «He observado el esfuerzo que usted ha hecho para dibujar ese arabesco. De él sé sacar el ritmo, y usted no.»

Se echó a reír y respondió: «Bueno, hombre. Pues en la noche con la luna, no hay colores. «Y yo le dije: «Se equivoca usted, don Miguel. Precisamente con la luna es cuando hay colores; sólo que el hombre no ha dado con ellos todavía. No encuentra la forma de hacerlos, pero eso no quiere decir que no los haya.» Unamuno tomó a broma todos mis argumentos. Ahora al cabo de los años, me doy cuenta de que entonces mi actitud era camorrista. Pero indudablemente muchos artistas plásticos se esfuerzan por descifrar misterios; unos lo consiguen a medias, y a otros se les estima por su intento.

Puestos ya en la huella de Vallecas, Palencia y yo extendimos el campo de acción.

Lo ensanchamos a Toledo, a lugares y rincones de los campos y los cerros toledanos, que no conocía muy bien porque de pequeño repartí pan con un caballo, por cigarrales y ventas. Allí, cuando la lluvia difuminaba Toledo, pudimos ver clarísimo en la atmósfera el amarillo limón que empleaba El Greco. También había unas piedras labradas por el tiempo y cortadas por los rayos como por afilados cuchillos; en sus caras, el liquen formaba cuadros como de El Greco.

Vimos también, cómo, después de la lluvia, las piedras y los montes se volvían de cerámicas, igual que el San Mauricio de El Escorial. Que cuando los hombres se bañaban en el río desde las cinco y medía de la tarde en adelante sus cuerpos resultaban verde, amarillos vegetales, azules; lo que puede muy bien comprobarse en los semidesnudos de El Greco de ese mismo cuadro. Nos producían gran entusiasmo el comprobar ante los hechos naturales que El Greco había recogido todo esto, y que nosotros varios siglos más jóvenes que él, veíamos que se podía hacer más todavía.

Así, por ejemplo, encontrándonos un día en el arroyo de la Degollada, uno de los sitios más poéticos que yo recuerdo, se puso a llover torrencialmente. Nos refugiamos bajo una piedra enorme que tenía un saliente como una visera; allí presenciamos los efectos de la lluvia sobre el arroyo. Fue aflojando aquel diluvio hasta quedar en una cortina diáfana de lluvia menuda, aureolada por los rayos del sol; en ese momento pasó corriendo una liebre, lo que nos produjo tal entusiasmo que empezamos a dar saltos. Y exclamamos: ¡Eso debe ser el arte! ¡Vamos a hacer eso que acabamos de ver! De ese momento me surgió la idea de la escultura «Tres formas femeninas para arroyos de juntos», de la cual parece ser que sólo quedan las fotografías.

También Palencia hizo unos cuadros sobre este momento. Al campo de acción del cerro de Vallecas acudía, a veces, Palencia con Rafael Alberti, Caneja, Maruja Mallo y otros. Conmigo llegaba de vez en cuando un grupo de estudiantes de Arquitectura (Segarra, Moreno, Vivanco, Rivaud). Sobre el terreno se iniciaban conversaciones acerca de la plástica de lo que veíamos.

Yendo por el Jarama, hacia Vallecas, ya muy entrada la noche, pasó taladrando el espacio un pájaro que no me di cuenta qué era. Otra noche, a la misma hora, volví a ver el pájaro. Este me sugirió la escultura que lleva por titulo «Volumen que vuela en el silencio de la noche y que nunca pude ver».

A Vallecas íbamos en todo tiempo, ya fuera invierno o verano, de noche o de día. Una noche hacia las doce, me encontraba allí con Palencia y Gil Beel; estábamos contemplando los efectos de la luz lunar en el círculo perfecto de lo que había sido una mina de yeso, de gredas que de día eran de color verde y blanco de hueso, y que la lluvia extendía sobre ese circulo. Al verlo de noche nos quedamos asombrados por la fosforescencia de los colores, por las coloraciones eléctricas matizadas. Cuando estábamos observando con entusiasmo este fenómeno plástico, cruzó por el medio una figura de mujer, que desapareció rápidamente. De eso hice una escultura titulada «Dama proyectada por la luna en un campo de greda».

Otro día iba yo solo, por los montes de Valdemoro, montes cuajados de tomillo y de grandes trozos de cuarzo que brillaban como espejos. Con el calor sofocante de agosto, era un monte que se cristalizaba. Eso me sugirió la escultura llamada «Macho y hembra, entrelazados, con espartos y tomillos, bramando como el toro al sol del mediodía, en verano».

Una vez, cuando me encontraba en el Cerro Testigo, se produjo una explosión en el llano que mira hacia Chinchón. Vi volar unas piedras. Descendí el cerro en busca del punto de la explosión y encontré unos trozos de piedra más hermosa, que tenían como aguas estancadas; me los fui llevando a casa poco a poco. Un geólogo alemán me explicó el origen de esas piedras, elaboradas por miles de años de un terreno pantanoso. Siguiendo ese mismo camino de realizar mis obras sobre cosas vistas, me decidí a hacer una escultura con todas las piedras que me había llevado. Tenía por titulo «Pájaro de mi invención, hecho con las piedras que vuelan en la explosión de un barreno».

Yendo a Vallecas un domingo por la tarde, vi una nube perfectamente torneada y que tenía por basamento todo el Cerro Testigo. De allí sugirió la escultura llamada «Escultura del horizonte. Signo del viento».

Una vez que iba a cobrar la pensión de la Diputación de Toledo me dio por andar por los pueblos que había recorrido con mi padre cuando era muchacho. Vi en una hornacina de una ermita una escultura pequeña que había sido destrozada a pedradas y que una mano generosa blanqueó de arriba abajo. De allí saqué la «Escuela rural Toledana».

En aquel tiempo no sólo hice esculturas sino también dibujos, como el titulado «Campos movidos en terremoto por la mano del hombre». Mi campo de observación se extendía entonces hasta Alcalá de Henares, Guadalajara, Valdemoro, y escapadas a los campos de Toledo. Recogía materiales inagotables para la plástica.

Una visión que me ha quedado grabada toda la vida es la siguiente; una vaguada con laderas de monte como pieles de lagarto; fui buscando una sombra porque hacia un calor sofocante. A lo lejos vi como una bandada de pájaros grandes que estaban parados. El lugar donde yo me encontraba conservaba todavía la humedad del rocío; allí había hierbecitas que sabían a menta. Mientras miraba la bandada de pájaros vi con emoción que se ponían en pie, derechos.

Resulté que eran quince o dieciséis mujeres que se echaron las faldas a la cabeza para protegerse del sol, y comenzaron a andar con ritmo de aves, en dirección contraria a la mía. En aquella ocasión yo tenía los ojos muy abiertos para las formas esculturales. Esa impresión ha perdurado en mi hasta ahora; prueba de ello son mis ¿...?

En realidad, todo esto de la Escuela de Vallecas para mí tiene su origen en la ciudad de Toledo, al contrastar la vida fantasmal y de miedo de todos los chicos toledanos de sensibilidad despierta, en los que la ciudad nos producía un desagrado y malestar. En cambio, el campo toledano, que conocía bastante bien, provocaba en mí una alegría sana y a veces hasta el éxtasis, al presenciar los espectáculos de la Naturaleza.

En contraste con el mundo desgarrado de la ciudad, reflejado luego por mí en las estampas madrileñas sobre temas de los barrios bajos, los campos abiertos de Vallecas me llenaban de felicidad.

Yo deseaba que todos los hombres de la tierra disfrutaran esta emoción que me causaba el campo abierto. Por eso siempre he considerado este arte un arte revolucionario, que busca la vida.

Alberto Sánchez


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