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| EL
ESCULTOR ALBERTO (De
"El Sol", Madrid.) El
mismo esfuerzo que hace la tierra para crear una verdadera montaña
de presencia imperial y surcada, sin embargo, por infinitos detalles,
ha padecido la especie y la raza para levantar la obscura y gigantesca
estructura de Alberto el escultor. Ha costado muchos años de tierra
impulsar sus insondables, poderosas, tenebrosas raíces; ha costado
muchas llamas producir su corazón victorioso; ha significado muchas
estaciones de sombra negra y luz calcárea producir esa asombrosa
magnitud subiendo desde las pisadas del instinto hasta la inteligencia
impura y verdadera. Es un árbol. Es
Alberto, sin duda, la más arriesgada aventura de la plástica
española, la más atrevida exploración dionisiaca
del mundo ibérico. Mientras los viejos artistas estilizados -hablo
sólo de los más dignos- se agarran a la rosa y la ejecutan
en interminables aforismos de odio senil, la juventud madura y seca de
Alberto da golpes de cabeza y de martillo a lo desconocido y abre huellas
y túneles en el suelo y en el cielo, dejando en ellos para siempre
sus inconfundibles pasos de sangre. Estos nuevos caminos por los que creo,
honestamente, han de pasar muchas generaciones, plásticos actuales
y venideros, no muestran dulzura ni complacencia personal, sino áspera
presión orgánica, acérrima lucha, violento sacrificio
vital. Su mundo formidable disgustará y asustará al barbudo
confitero poético, al eclesiástico en miniatura, en general,
al terrible burócrata productor de «arte» vendible,
comestible, porque su contextura impresionante, su transfigurar geología,
su descubrimiento acerbo, sus extensiones toledanas llenas de piedras
y fantasmas, deben por fuerza asustar pánicamente a hombres y mujeres
ya catalogadas por la muerte. Acompaña
a Alberto el creciente canto temible de los impulsos sexuales, que en
él dejan su mácula y sus feroces cicatrices, y las formas
oceánicas y terrestres persiguen atropelladoramente su creación
espontánea, de la misma manera que persiguieron al barro original;
infundiéndole soplos de desnudez de río, sencillez de soplo
de río y, al mismo tiempo, patentes de cristal hechos trizas, humedades
larvarias, sollozos de culturas sin nombre. Pero
si en el fondo del mar se lo disputa, sólo ha vencido el haz de
la tierra. La tierra marca sus trabajos con espacio inasible, con superficies
quemadas por el rayo, con áreas que el sol y la luna y el frío
han usado, con longitud de arbolados, viñedos y pájaros,
vacas, relámpagos y amanecer. Su cara de varón, hecha, como
las piedras, con arrugas a la intemperie, ha sido construida por el mismo
planeta que a través suyo ha penetrado sus trabajos, dándoles
para siempre tejido y temblor de grandeza terrestre. PABLO
NERUDA
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