Escuela de Vallecas

Una vanguardia artìstica

BREVE IMAGEN DE ALBERTO

Por Rafael Alberti

Alberto. Alberto Sánchez. ALBERTO. Difícil dar aquí una breve imagen de aquella tremenda y descomunal figura de Alberto Sánchez desde los años en que comenzó a proyectarse sobre aquellas tierras cambiantes y escuetas de Vallecas.

Autorretrato
Pero yo quiero recordarlo, primero, cuando lo conocí, más o menos ya entrada la gran década creadora en un Madrid de antes de la República y, luego, durante la guerra civil. ¡Aquellos entusiastas años apasionados, con aquel Alberto casi todavía panadero y ya escultor, con un cercano pasado de oficios diferentes: como herrero, cuchillero, zapatero... Alberto, huesudo y alargado, de accionantes manazas acostumbradas a amasar las figuras de panes modelados con el trigo hecho harina. Alberto, discutidor a voces, narrador de terribles historietas de su vida popular y difícil y ya escritor a ratos y diseñador de violentas sátiras sociales o claros pensamientos sobe su cada vez más audaz sentido de la escultura. No lo veía siempre, aunque de tiempo en tiempo lo acompañaba con Maruja Mallo y Benjamín Palencia a aquellas movidas llanuras vallecanas en las que soñábamos con la creación de un arte español universal, puro y primario como las piedras que encontrábamos rodadas y pulidas por los ríos.

Durante la guerra lo vi algunas veces por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la que yo, con José Bergamín, era su secretario. Venía de El Escorial, en donde era profesor de dibujo, pero venia con un fusil, pues a la vez Alberto era soldado, por allí cerca, en el frente de Peguerinos. Después, después... Anduvo Alberto por París, donde en el Pabellón Español de la Exposición Internacional, junto a «El Guernica» de Picasso alzó una extraordinaria columna, a la que puso un titulo, no exento de intenciones: «El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella».

Y ya no vi más a Alberto hasta 1956. y lo vi en su casa de Moscú, con su inseparable compañera Clara y su hijo Alcaén. Allí lo encontré, tan lejos de su Toledo, de los campos vallecanos, de sus cantos rodados y hierros retorcidos, pintando, dibujando, cantando con su ancha voz de todas las tormentas, haciendo decorados escénicos... Pero la escultura... ¿La escultura? Aquel genial invento de formas sorprendentes, en donde el aire era uno de los principales elementos vivificadores de ellas! -El tiempo pasa, Alberto. Y algún día volveremos a España. Y aunque tus tierras toledanas y ensueños vallecanos estén lejos, están dentro de ti, cantan y te golpean dentro de ti, esperando.

Y Alberto trabajó, trabajó insomne, encontrando sus nuevos materiales, creando de nuevo una obra nueva perdurable, durante los diez años que alcanzó a vivir.., pero sin retornar a España.

Al marcharme de Moscú, en aquel 1956, le escribí este soneto, que yo sé le animó mucho a proseguir su obra escultórica interrumpida durante algunos años.

PARA ALBERTO SANCHEZ

Escultor de Toledo
A ti, cal viva de Toledo, crudo
montón de barro, arcangelón rugiente
contra un violento, tórrido, inclemente
Apocalipsis del horror, grecudo.
A ti, al que el Tajo en su correr agudo
le arrojó el mejor canto de su frente
y un pájaro de piedra transparente
centró en el hueso mondo de tu escudo.
A ti, aunque cerca, pero tan lejano
hoy de aquel frío infierno castellano,
de aquel en sombra sumergido ruedo,
vengo a decirte: A caminar, hermano.
Que muy pronto en la palma de tu mano
con nueva luz se amasará Toledo.

                  RAFAEL ALBERTI


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