Fernando García Calderón

 

Te contaré un secreto...

 

Te contaré un secreto. Yo fui capitán de un barco mercante que sorteaba los islotes de las asignaturas con pericia. Un empollón, vamos. Durante tiempo y tiempo, mi catalejo no pasó de los límites tranquilos de esas rocas que conducían al grado de bachiller. Me iba de maravilla. Un lunes, borrascoso, de vientos contrarios y olas imprevistas, la profesora de Inglés demandó en clase una travesía para la que no me hallaba preparado: hacer una redacción.

Ordené izar las velas a los lustrosos marineros que ocupaban mi cráneo y lo intenté. Prometo que lo intenté. Mi inglés era de lo mejorcito del instituto. También tenía una buena ocurrencia. Y, sin embargo, no lo conseguí. Después de luchar contra la tormenta la tarde entera, con los marineros achicando agua de mi cerebro cansado, me percaté de que el problema no estaba en el idioma de David Beckham. Frente al espejo del cuarto de baño, sin necesidad de abrir la boca, comprobé que estaba más próximo, en mi propia lengua. No sabía expresar con soltura mis ideas.

Desde aquel día, me acerqué a los libros. Con reparo al principio, no lo niego. Conté con la ayuda de algún que otro lobo de mar, que me guió por los océanos de la literatura. Pronto alcancé experiencia e, intrépido, me convertí en capitán de un barco pirata que surcaba archipiélagos lejanos, plagados de galeones, abordajes, cocoteros y cofres escondidos, capaz de encontrar su isla del tesoro.

Te aseguro que, desde entonces, no conozco el verbo aburrir ni sus derivados. Ni siquiera cuando me toca escribir. Los libros poseen esa virtud. Juran que cada libro, como un mago, escamotea la realidad y esconde tu nombre entre sus páginas. Cuando los abres con ganas, sin reserva, cuando plantas tus ojos en sus letras de molde, ya está. Se agarran a tu mano como la espada de un mosquetero, como el bolígrafo de un periodista o la lupa de un detective.

Pero, con todo, hay algo aún mejor. Porque, si lo piensas, tras las derrotas y triunfos, tras los sobresaltos y alivios que contiene la lectura de un libro, el regusto que queda en el paladar no evoca su título sino un nombre único: el tuyo. Tú fuiste el ilusionista que transformó esos renglones en tu propia aventura, paloma de tu libertad, extraída de la chistera de tu fantasía.

 

Fernando García Calderón

 

 

 

 

 

 



Fernando García Calderón nació en Sevilla, en una calurosa noche del agosto de 1959. Tardó tanto en nacer que se ganó, entre chistes y bromas pesa­das, la fama de contestatario que hoy lo acompaña.
Un traslado profesional paterno lo llevó a Madrid con apenas diez años, en cuyo padrón sigue figurando. Estudiante en el instituto Cardenal Cisneros, de honda raigambre bachiller, entre sus muros aprende el respeto a las huma­nidades y a las porras de la policía preconstitucional. Un tupido velo se extiende sobre su biografía en los años siguientes. Renace de sus cenizas en el 82, cuando termina los seis miuras seis de la laureada ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Su especialidad: transportes.
Si se le pregunta por aquel periodo oscuro, responde con evasivas: “Disfruté de la amistad de algunos amigos duraderos y de los bocadillos de salchichón de la cafetería”. Si se le insiste, con ardor periodístico, sobre por qué eligió semejante carrera, contesta: “Me gustaban tanto los trenes”. 

Tanto le gustaban que ingresó en Renfe ese mismo año, permaneciendo vinculado al ferrocarril hasta la actualidad, en que desempeña sesudas funciones de investigación e implantación de nuevos materiales y técnicas para la vía.

Restando importancia a tan trascendente labor, ironiza: “Cualquiera que co­noz­ca el brillo de espada toledana de un buen carril o el aroma a leche desnatada de una poliamida 66 con 35% de fibra de vidrio sucumbe al encanto de un paseo por la vía férrea”.

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