Care Santos

 

Descifrar el mundo

A los ocho años empecé a pasar largas temporadas en la estepa siberiana. El frío era allí mucho más intenso de lo que yo había imaginado jamás: había que protegerse los pies con vendas para que los dedos no se congelaran. Los termómetros bajaban de vez en cuando hasta lo cuarenta bajo cero, algo que también sucedía en las calles de San Petersburgo, una de las primeras ciudades que amé. Creo que mi pasión petersburguesa se desató apenas unos meses antes de aquel primer invierno que pasé en los Mares del Sur, admirada por aquellas casas con techumbres de palma que siempre miraban al mar y por el espíritu de unas gentes amables y extrovertidas que nada sabían de la palabra tiempo. Ya lanzada a las navegaciones, me enrolé en un barco ballenero, y acompañé en la obsesión y la muerte a un viejo capitán, curtido en muchos naufragios, y a un chiquillo de quien —qué cosas— me enamoré sin remedio. Se llamaba Ismael.

            También sobre los ocho años conocí por primera vez el terror, el terror absoluto e incomprensible de estar amarrado a un cadalso sobre el que una enorme cuchilla bascula cada vez más cerca de tu estómago; la ambigüedad de una locura que puede al fin decidir la existencia ajena, especialmente si tiene la forma del misterio, es mujer y viste de blanco; o la pasión arrebatada de un amor imposible que cuenta, además, con la desgracia de un ingrato rival; o esa otra pasión de la muerte ajena, del asesinato, cuando el arrepentimiento llega tras la consumación. Convivir con asesinos, con damas níveas, con irredentos viajeros, con prisioneros inocentes o con funcionarios que tanto podían haber perdido lo único que tenían en la vida como encontrarse de pronto convertidos en escarabajo hizo de mí alguien capaz de descifrar el mundo, de entenderlo.

             El aburrimiento me llevó a los libros y la biblioteca de mi ciudad, modesta pero suficiente, me acercó a Poe, a Collins, Gógol, Dostoyevski, Turguéniev, Melville, Stevenson y tantos otros. Entrar en aquel vetusto edificio donde reinaba un silencio infrecuente significaba para mí combatir el tedio que reinaba en mi soledad de hermana muy pequeña rodeada de personas adultas y atribuladas por aburridas cuestiones de personas adultas. Leí, como tantos otros, por intentar ser otra persona. Y lo logré: leyendo, también como suele suceder, se obró el encantamiento: todos ellos, los citados, y muchos más que vinieron después —no todos tan «citables»: al lector voraz no siempre le acompaña el buen gusto— hicieron de mí alguien que mira el mundo con curiosidad, con respeto y, por supuesto, con enorme interés. Los libros me enseñaron que juzgar es fácil y comprender difícil. Por eso yo me apliqué en comprender incluso lo más complejo. Los libros me demostraron que las historias viven en cualquier parte y que lo mejor que hay en ellas son las gentes, sus actores, capaces de gestas tan cotidianas como enamorarse de quien no deben o de otras tan fabulosas como dar muerte a la gran ballena blanca. O de imaginar un mundo sin salir jamás del propio, o de marcharse a morir a una remota isla llamada Samoa, o de revivir la propia juventud en las peripecias de un joven de ficción. Para ser como ellos, los inventores de todo, empecé a escribir. Tenía poco más de ocho años.

 

 

Care Santos

 

 



Care Santos nació en Mataró (Barcelona) en 1970. En la actualidad compagina la creación con la crítica literaria. Es autora de novelas, libros de relatos y novelas breves destinadas –aunque no exclusivamente- a un público juvenil, entre las que destacan «Krisis» o «Laluna.com». En Alba Editorial ha publicado «Okupada», «Te diré quién eres», «La muerte de Kurt Cobain» y «La ruta del huracán». Sus novelas han sido traducidas a varios idiomas y su obra ha merecido premios como El Gran Angular, el Edebé de libros para jóvenes y el Premio Ateneo Joven de Sevilla.5.


 

Enlace con la web de Care Santos